La publicidad a menudo excede no sólo las fronteras sociales y geográficas, sino también a cualquier tacto. Voltaire dijo una vez: “¿Quién te hace creer absurdos también hace que hagas monstruosidades”.

No es el propósito de estas líneas estigmatizar la publicidad. Pero publicistas y quienes no lo son, con un mínimo de sentido crítico, saben que parte de esta actividad está enfocada a la manipulación, la propaganda, la presión y el beneficio máximo, cueste lo que cueste.

Desconocimiento e indolencia: El camino más expedito hacia la inconsciencia y la crueldad animal

El poco conocimiento del consumidor sobre los productos que adquiere y la publicidad envolvente a través de la cual toma decisiones de ‘compra positivas’ hacen que la industria del sufrimiento de los animales sea relativamente poco importante, a menos que la conciencia ética del comprador responda contra el dolor irracional que se puede infringir a otros seres vivos, interponiéndose así en el camino de una lógica de consumo que con hipocresía no hace ningún cuestionamiento sobre lo que se sirve en el plato.

Las grandes industrias de los alimentos y los gremios realizan un impresionante trabajo en términos de publicidad para carne, huevos y leche. Estos productos llevan décadas presentes en todos los medios de comunicación masiva, en ferias y eventos con mensajes ‘color rosa’ donde se alude a la importancia del crecimiento de los niños y al bienestar de la familia, entre otros ejes temáticos que buscan adornar de beneficios y atributos la ingesta de este tipo de alimentos de origen animal, sin detenerse a pensar en el ‘animal’.

Además, se difunde material informativo dirigido a personas claves de la comunidad -como educadores, nutricionistas y periodistas- con publicidad efectiva que debe crear la impresión entre los desprevenidos e incautos, de que la industria tradicional de alimentos provee productos vitales y saludables, y que los animales involucrados en el proceso son tratados con respeto y que viven ‘plenos de la dicha’ en sus corrales.

Publicidad que en lugar de ilustrar, desinforma, también se recibe de campañas estatales, por ejemplo de los programas de leche escolar, donde en ninguna fase de formación de los niños se les sensibiliza sobre el origen de los alimentos. No se trata de llevar a destiempo información que los niños no sean capaces de asimilar. Pero si es cuestionable que no se haga un esfuerzo por educar a los niños con sentido de responsabilidad sobre los alimentos y su origen.

La publicidad que promueve el consumo de carne cae con frecuencia en el sexismo y la ridiculización de los animales. Quien ve la televisión, escucha la radio, o lee revistas, a duras penas pueden escapar de estos mensajes publicitarios. Ni se diga de las vallas publicitarias, vitrinas y de los folletos que lanzan por debajo de las puertas.

Incluso, desde el jardín infantil se sugiere a los niños que es normal utilizar animales para comer, explotar y ser indiferentes a lo que padecen en vida. Los niños a menudo se irritan mucho porque -obviamente- relacionan el ‘comer animales’ con dolor y los niños no quieren hacer daño. A menudo sienten molestias al comer animales. Por esto se insiste a los niños que es necesario ser / estar saludable y que los animales en realidad no importan. De esta manera los niños son ‘inmunizados’ contra los sentimientos, el dolor y el miedo. En muy pocos casos, contrariamente a las afirmaciones populares, se les dice la verdad.

¿Qué efecto tienen los mensajes publicitarios sobre nosotros?

Si se piensa que el consumo de carne, huevos y leche es un hecho natural y obvio, entonces se pasa por alto que sí es posible decidir sobre lo que se consume, y es también seguro que se subestima el poder y el impacto psicológico de la publicidad, y su acción a largo plazo. La influencia de la publicidad en el comportamiento a veces no se refleja de inmediato, pero deja huellas. Para la mayoría de las personas, el producto aumenta su credibilidad si la mayoría de la población también compra los productos y los incorporan a la cotidianidad.

Ser capaces de tomar decisiones independientes y autónomas, es difícil para el común de la gente, porque no se cuestionan “lo que es normal para el mundo”, y por tanto se niegan la posibilidad de discernimientos y reflexiones que llevan a la duda sobre las ‘verdades impuestas’ por las ‘ideologías de mercado’.

Ceres Justos Colombia

 

Si el consumidor se permite cuestionar sus hábitos con el fin de descubrir nuevas perspectivas y ajustar su enfoque -así sea un poco-, entonces la visión de una vida libre de violencia -tan grande como sea posible- puede parecer no tan utópica. Visitar nuevos lugares -por ejemplo un buen restaurante vegano-, escuchar otros puntos de vista, encontrando estética y sabor donde no se haya causado dolor a otros seres vivos, es un buen punto de partida. En Medellín, esta experiencia de ‘alimentación consciente, responsable y amorosa’ se puede vivir en los mejores restaurantes vegetarianos y veganos de la ciudad. ¡Conócelos aquí!.