Somos seres consumidores. Vivimos en una época posindustrial, y esta es nuestra forma de vida, nos guste o no. A pesar de que todos sabemos que el modus operandi de las grandes industrias acarrea, de una forma u otra, un tremendo impacto en el medio ambiente y en los animales que lo habitan, tenemos de todas maneras la posibilidad de elegir siempre el menor entre dos males. Aunque suene facilista, es posible ser activista de forma pasiva, consumiendo bienes y servicios que no dependan de la explotación directa de los animales. En términos técnicos, se conocen como animal-friendly o cruelty-free; los cuales puedes conseguir en los mercados saludables de Medellín.

Cada día, mientras se expande la conciencia ecológica y animalista, a los consumidores les importa más la procedencia de todo aquello que consumen. Para ello, muchas marcas incluyen etiquetas que indican que sus productos no han sido probados en animales, pero esto no siempre es cierto y algunos productos que no lo hacen no siempre lo señalan explícitamente. Así que hace falta investigar.

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Muchas empresas consideran que hacer experimentos con animales es la forma más segura de proteger la salud humana. Para evitar demandas por los efectos secundarios de algún producto químico, por ejemplo, una empresa de jabones preferirá someter a un grupo de animales (perros, conejos, ratas, simios, etc.) a diversos experimentos para verificar que no han muerto o sufrido de enfermedades o secuelas, y, en caso de que así haya sucedido, comprobar en qué condiciones ha sucedido para medir las cantidades del ingrediente en cuestión. Puede sonar bastante crudo, pero el champú de “no más lágrimas” que compras en el supermercado no produce lágrimas por la sencilla razón de que muchos animales ya las derramaron para que ese beneficio fuera posible.

Se ha demostrado que los experimentos en animales no sólo son innecesarios (debido a la gran cantidad de experimentos que ya se han realizado, cuyo conocimiento las empresas no comparten con otras), sino que resultan cuestionables desde un punto de vista práctico: el organismo de una especie diferente a la nuestra tiene condiciones biológicas diferentes a las nuestras. Así las cosas, tales experimentos carecen de toda validez práctica y ética, considerando el sufrimiento bajo el cual están sometido estos animales, cuyas vidas están destinadas únicamente para esos fines.

o más alarmante de todo esto es que no se usan pocos animales. De hecho, millones de ellos son sacrificados al año con fines científicos, al servicio del comercio mundial, y, además en una tremendamente amplia gama de industrias, desde la farmacéutica, hasta la cosmética, e, incluso, la automovilística y la militar. Los animales seleccionados para estos experimentos no sólo permanecen recluidos en pequeños espacios todos los días de la semana, durante todas las horas del día, sino que permanecen sometidos a procedimientos bastante dolorosos. Se sabe que se les extirpan órganos, se les inoculan virus y bacterias, se exponen a radiación, a gases tóxicos, a descargas eléctricas, y miles de situaciones letales, precisamente para evitárnoslas a nosotros. Lo éticamente cuestionable aquí no es que se busque prevenir peligros para los seres humanos, sino que lo hagan de una manera que podría no ser la única vía de experimentación, que, aunque eleva los costos, procura no derramar sangre. Se han desarrollado métodos de experimentación en tejidos artificiales y cultivos celulares que podrían dar cuenta de los eventuales daños en la salud, pero siempre será más fácil adquirir un Beagle o una gallina.

A pesar de que en algunos lugares del mundo está prohibida esta práctica (en la Unión Europea, por ejemplo), muchas empresas siguen llevando a cabo estos experimentos de forma indirecta. Lo que hacen es subcontratar empresas de otros continentes (muchas son Chinas) para que realicen los experimentos por ellos, y, de esa manera, obtengan los resultados de experimentación que necesitan. Esto hace que muchos productos tengan una etiqueta cruelty-free en sus empaques, que los consumidores se sientan cómodos por ello, y que ninguna autoridad pueda tomar medidas de ningún tipo debido a que los experimentos no se desarrollaron en el territorio en donde se fabrican estos productos. Y, por otro lado, hay países como China que exige la experimentación en animales de millones de productos que ingresan al mercado interno desde otros países, lo cual hace necesaria esta práctica para las empresas que quieren hacer mucho dinero.

 

Ceres Justos Colombia

 

La mejor manera de hacer activismo en este sentido es conociendo las marcas y evitando consumirlas. Esto implica conocerlas muy bien (puedes revisar esta lista que PETA actualiza cada año) así como a qué otras empresas están asociadas, porque, a pesar de que hay empresas que no experimentan con animales, son accionistas mayoritarias de otras que sí lo hacen. Preferiblemente, se recomienda consumir productos artesanales, producidos localmente: además de ser más amigables con el medio ambiente y con tu salud, puedes verificar con mayor facilidad que el proceso de producción no requiere de la experimentación con animales.