Corren tiempos difíciles. Los precios de los alimentos suben, las condiciones climáticas están fuera de equilibrio, los niveles de contaminación son alarmantes en todo el mundo, el desperdicio de tierra y agua en la industria alimentaria van en ascenso cada día, y, a pesar de que millones de personas hacen esfuerzos a diario para cuidar al planeta y a sus habitantes, todavía falta mucho por hacer. Si no sabes cómo puedes contribuir a la restauración de tu mundo, puedes empezar por hacerte vegano; y si ya lo eres, recuerda que fomentar y facilitar este estilo de vida es una excelente opción.

¿Por qué? Bueno, se ha dicho una y otra vez que evitar el consumo de carne significa no sólo contaminar menos que una persona promedio, sino que, de forma indirecta, estás salvando la vida de cientos de animales al año. Sí, mediante una actividad tan básica como comer, puedes hacer más de lo que imaginas, incluso tanto como reforestar o reubicar animales salvajes en sus hábitats correspondientes. Sin embargo, aunque sea básica, no siempre es una manera sencilla de ayudarle al planeta. Ser vegano puede no ser tan fácil para algunas personas, y no porque les cueste dejar la carne. En muchos países, la comida vegana (una vez preparada) es más costosa, y lo es porque es escasa; y al no gozar de una amplia distribución, los consumidores deben desplazarse mucho para conseguirla. Es un esfuerzo, sin duda. Incluso, si hay restaurantes veganos cerca de tu trabajo o de tu residencia, estos pueden ser costosos a la larga si sólo comes allí. De una u otra manera, si eres vegano, tendrás que cocinar y prepararte tus propios alimentos, y esto, a su vez, conlleva a otros problemas. Las verduras y las frutas orgánicas pueden ser costosas, por ejemplo.

Ahora bien, existen millones de veganos en el mundo –en todo el mundo– y lo anterior no es un obstáculo para que se desenvuelvan bien. Entonces, de nuevo: ¿qué se puede hacer?

Bien, la solución idónea en muchos casos es cultivar tus propios alimentos; tal vez no todos, claro, pero sí muchos de ellos, o, por lo menos, los más importantes. Eso se puede, y hacer una huerta casera es una tarea razonablemente alcanzable, y, por qué no decirlo, apasionante. Cuando tú mismo te encargas de sembrar tus propias plantas, eres tú quien controlas tu alimentación desde que siembras las semillas, hasta la manera en que las fertilizas, las fumigas y las cosechas. Puedes controlar cuánto sembrar para luego recoger. Cuánta agua utilizar. Puedes controlar la manera en que afectas tu entorno natural. Es muy grato notar las primeras plántulas germinando en tu huerta, y llevar sus frutos, raíces u hojas a tu plato meses después, sabiendo que detrás de esos deliciosos y nutritivos alimentos hay tanto esfuerzo y pasión.

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Eso sí: es importante tener en cuenta que las huertas requieren trabajo, cuidado constante y mucho estudio. Si te interesa cultivar tus propios alimentos, debes tener disciplina para regar, para desmalezar, para revisar el comportamiento de las plagas, para fertilizar y podar a tiempo, entre otras cosas. También es importante estudiar todo el tiempo para aprender mejores técnicas de siembra, riego, abono y fumigación; así como de la influencia de las fases lunares en los cultivos y de las necesidades puntuales de cada planta. Eso no es difícil: hay toneladas de información en internet, tanto en blogs como en foros públicos y privados, en canales de YouTube, y en libros físicos y electrónicos, disponibles en tiendas y bibliotecas. En este caso, la práctica es más complicada que la teoría.

De hecho, la excusa de muchos es la falta de tiempo para construir una huerta, y otros se quejan por falta de espacio (porque, valga apuntar, una huerta funcional no te cabe en el balcón). Pero aunque esto es una realidad para algunas personas, no quiere decir que sea imposible. La mejor opción siempre serán las huertas comunitarias. Millones de personas en todo el mundo construyen este tipo de espacios en sus barrios, en sus lugares de trabajo o en parques destinados para ello. Así, el trabajo y las responsabilidades se dividen en muchas personas, y, con orden y disciplina, puede haber suficiente comida para todos. ¡Es cuestión de voluntad y consenso, realmente!

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Una vez encontrado el espacio necesario como para que, en principio, pueda haber un plato de ensalada todos los días para todos –y no es demasiado espacio, a decir verdad–, y dependiendo de las condiciones climáticas, de suelo y de humedad, el paso a seguir es estudiar qué se va a cultivar y mediante qué métodos. Existen miles de tipos de huertas: en cajones, en macetas verticales, en surcos, en cultivos hidropónicos, en invernaderos, etc. Una vez definido eso, lo que sigue es recopilar información de buena mano sobre la opción resultante y su respectivo método de construcción, además de los materiales y el costo. Y de ahí, manos a la obra.